El peligro de inventar traumas para explicar el cuerpo
- Tamara Aguayo

- 7 feb
- 3 Min. de lectura
Hace un tiempo llegó a mi consulta una paciente con infecciones urinarias recurrentes. Nada extraordinario hasta ahí: es un motivo de consulta frecuente. Lo que sí me dejó pensando —y mucho— fue la explicación que ella traía consigo.

Estaba convencida de que su problema tenía origen en un abuso sexual sufrido en la infancia. Y no porque hubiera un relato, una imagen, una vivencia corporal clara. Sino porque eso fue lo que le dijeron en una sesión de constelaciones familiares.
Nunca tuvo recuerdos de ese abuso. Nunca hubo señales conscientes. Pero desde esa sesión, la idea quedó instalada como una verdad incuestionable. Y con ella, el dolor, la confusión, la culpa… y una identidad nueva: la de víctima de algo que no sabe si ocurrió, pero que ahora carga como si fuera real.
Y aquí es donde quiero detenerme.
En los últimos años se ha vuelto casi un dogma la idea de que todo síntoma físico es la manifestación de un trauma emocional profundo, muchas veces sexual, muchas veces infantil, muchas veces reprimido. Como si el cuerpo fuera un archivo oscuro que esconde horrores que alguien debe revelar.
Esto no solo es reduccionista. Es peligroso.
Las infecciones urinarias recurrentes tienen causas bien estudiadas: anatomía, microbiota, hábitos miccionales, hidratación, uso de antibióticos, resistencia bacteriana, estado hormonal, inmunidad, inflamación, estrés crónico, entre muchas otras. Algunas pueden tener un componente psicoemocional, sí. El estrés sostenido puede afectar la inmunidad. El sistema nervioso influye en la inflamación. Eso es evidencia, no creencia.
Pero pasar de ahí a afirmar un abuso sexual inexistente en la memoria consciente no es acompañamiento terapéutico. Es sugestión.
Dicen que “el cuerpo no miente”. El cuerpo expresa desequilibrios, adaptaciones, sobrecargas. Pero el cuerpo no habla en formas literales. No dice “pasó tal y cual cosa, por lo tanto, se manifiesta este síntoma”. Somos nosotros —naturópatas, terapeutas, facilitadores— quienes interpretamos. Y ahí está la enorme responsabilidad.
Cuando un terapeuta le dice a una persona que fue abusada sin que exista recuerdo, evidencia ni proceso psicológico que lo sostenga, no está ayudando a sanar. Está creando un trauma nuevo.
Instalar un relato así puede generar angustia, disociación, ruptura con la historia personal y familiar, y una sensación permanente de daño irreparable. Todo eso… sin siquiera resolver la infección urinaria por la que consultó inicialmente.
La Naturopatía, al menos como yo la entiendo y practico, no es una bolsa donde cabe cualquier técnica sin filtro.
La Naturopatía busca potenciar la capacidad del cuerpo para autorregularse y alcanzar su óptimo estado de salud. Eso implica respetar la fisiología, el sistema nervioso, la biología, el contexto psicosocial y también el mundo emocional. Pero no a costa de la evidencia ni de la ética.
Muchos naturópatas hacen constelaciones familiares. Es un hecho. Y yo no lo descalifico automáticamente, pero sí me pregunto: ¿dónde está el límite de nuestra práctica? ¿qué pasa cuando dejamos de acompañar y empezamos a interpretar la vida del otro como si fuéramos un oráculo?
Si no nos basamos en evidencia, lo mínimo que podemos ofrecer es prudencia. Escucha. Contexto. Derivación cuando corresponde. Y, sobre todo, no implantar explicaciones que el paciente no trae.
En el caso de esta paciente, trabajar su infección urinaria implicaba revisar hábitos, microbiota, inflamación, sistema inmune, estrés, descanso, ciclo hormonal. Y también su angustia actual, su miedo, su confusión. No suponer un pasado traumático inexistente.
No todo síntoma es trauma sexual.
No todo desequilibrio es un secreto familiar.
No todo malestar es represión emocional.
A veces una infección es solo una infección… que necesita un abordaje integral, claro, pero también honesto.
La verdadera medicina integrativa no es la que suma técnicas sin criterio, sino la que integra evidencia, humanidad y límites claros. Y eso, aunque no sea tan místico ni tan vendible, es lo verdaderamente terapéutico.

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