La relación entre el extractivismo vegetal y el colapso ecológico
Cuando hablamos de plantas medicinales solemos pensar en sus propiedades, en cómo prepararlas, en qué parte de la planta se utiliza o en qué situaciones pueden ser un complemento interesante. Pero hay una pregunta que también deberíamos hacernos y es de dónde viene esa planta, porque una planta medicinal no existe aislada del ecosistema que la sostiene. Y cuando aumenta la demanda de determinadas especies, lo que parece una elección individual —comprar una hierba, un extracto, un suplemento o un cosmético— puede formar parte de una cadena mucho más grande. Ahí aparece el extractivismo vegetal.

¿Qué entendemos por extractivismo vegetal?
Extraer plantas de la naturaleza no es algo necesariamente negativo. Las comunidades humanas han recolectado plantas silvestres durante miles de años y, en muchos territorios, esta práctica forma parte de conocimientos tradicionales y sistemas de subsistencia. El problema aparece cuando la extracción deja de respetar la capacidad de regeneración del ecosistema.
El extractivismo ocurre cuando los recursos vegetales son recolectados de manera intensiva para satisfacer una demanda comercial, muchas veces sin considerar suficientemente los tiempos de crecimiento de la especie, su capacidad de reproducción, el resto de organismos que dependen de ella o las condiciones sociales de quienes realizan la recolección.
Recolectar una planta no es lo mismo que extraerla, de manera sostenible o no. Una población vegetal puede parecer abundante y, aun así, estar disminuyendo progresivamente.
Cuando lo natural se convierte en una mercancía
Existe una paradoja interesante en el mundo de la salud natural. Mientras más personas buscan alternativas provenientes de la naturaleza, puede aumentar la presión sobre los propios ecosistemas de los que esas alternativas dependen.
Una planta puede pasar de ser parte de un ecosistema a convertirse en una materia prima. Después puede transformarse en polvo, extracto, cápsulas, aceites esenciales, cosméticos o ingredientes para distintos productos. Y mientras más lejos estamos del lugar donde fue recolectada, más fácil puede resultar olvidar que detrás de ese frasco existió una planta creciendo en un territorio concreto.
Esto no significa que utilizar plantas medicinales sea malo. Significa que el consumo de productos naturales también tiene una huella ecológica.
No todas las plantas están en la misma situación
Hay especies cultivadas específicamente para uso medicinal y otras que todavía provienen, en parte importante, de poblaciones silvestres. También existen diferencias enormes entre especies. Algunas crecen rápidamente y pueden tolerar determinados niveles de recolección. Otras tienen ciclos de crecimiento mucho más lentos, una distribución geográfica limitada o requieren condiciones ecológicas muy específicas.
Y no siempre se recolecta la misma parte de la planta. Extraer hojas puede tener consecuencias diferentes a extraer flores, frutos, cortezas, raíces o plantas completas.
Cuando se extraen raíces, bulbos o rizomas, por ejemplo, la recolección puede afectar directamente la supervivencia del individuo. Por eso no basta con preguntar si una planta es medicinal sino que también cómo se está obteniendo, de qué población proviene, si se cultiva o se recolecta de forma silvestre y si la extracción permite que la especie se regenere.
El problema no termina en la planta
El extractivismo vegetal tampoco debería analizarse únicamente desde la conservación de una especie. Los ecosistemas son redes. Una planta forma parte de relaciones con insectos, aves, microorganismos, otros vegetales, animales herbívoros y comunidades humanas. Cuando disminuye una especie, pueden modificarse esas relaciones. Además, la pérdida de vegetación puede contribuir a procesos como la degradación del suelo, la erosión y la pérdida de hábitat.
Y existe otra dimensión que a veces queda fuera de la conversación: las personas que recolectan estas plantas. En algunas cadenas comerciales, quienes realizan la recolección reciben una proporción pequeña del valor final del producto. La materia prima puede salir de un territorio como un recurso de bajo costo y regresar convertida en un producto de alto valor comercial. Por eso hablar de extractivismo también implica hablar de economía, territorio y justicia.
El auge de los “superingredientes”
Hay algo que hemos visto muchas veces en el mercado de productos naturales. Una planta se vuelve popular. Aparecen publicaciones sobre sus propiedades. Después llegan los suplementos, los cosméticos, los extractos y los productos que la incorporan. La demanda aumenta rápidamente. El problema es que la velocidad con la que puede crecer una tendencia comercial no tiene ninguna relación con la velocidad con la que crece una planta.
Una especie puede tardar años en alcanzar la madurez mientras que una tendencia puede expandirse internacionalmente en cuestión de semanas.
Y aquí aparece una de las grandes contradicciones de nuestro consumo actual: queremos soluciones naturales a gran escala, pero los ecosistemas no funcionan a gran escala. Funcionan con ciclos.
¿Entonces deberíamos dejar de utilizar plantas medicinales? No necesariamente. De hecho, plantearlo así sería simplificar demasiado el problema. La cuestión no es pasar de usar plantas a no usarlas. La cuestión es aprender a utilizarlas de una manera más consciente.
Podemos preferir plantas cultivadas cuando corresponda, evitar comprar especies cuya procedencia sea desconocida, reducir el consumo innecesario de productos que utilizan especies silvestres vulnerables y elegir proveedores que entreguen información sobre su origen y métodos de producción.
También podemos cuestionar la idea de que necesitamos consumir cada nueva planta que aparece como tendencia. No necesitamos convertir cada especie medicinal en el próximo ingrediente imprescindible.
La responsabilidad también está en la educación
Para quienes trabajamos con plantas medicinales, esto implica algo más que aprender propiedades y formas de preparación. También necesitamos conocer el contexto ecológico de aquello que recomendamos.
Una práctica realmente conectada con la naturaleza no puede preocuparse solamente por lo que una planta puede hacer por nosotros. También debería preguntarse qué ocurre con la planta, con el territorio y con las personas que participan en esa cadena. Porque si nuestra idea de salud consiste en cuidar el cuerpo mientras deterioramos los ecosistemas que hacen posible nuestra vida, estamos dejando fuera una parte fundamental del concepto de salud.
La naturaleza no es una farmacia infinita.
Las plantas no son materias primas ilimitadas.
Y que algo sea natural no significa que podamos extraerlo indefinidamente.
Quizás una de las preguntas más importantes que podemos incorporar a nuestra práctica qué costo tiene para el ecosistema esto que estoy consumiendo. No siempre tendremos una respuesta inmediata pero empezar a hacer esa pregunta ya cambia nuestra manera de relacionarnos con las plantas.
Cuidar la naturaleza también significa reconocer que nosotros formamos parte de ella, no estamos fuera de ella.



Comentarios