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Prácticas médicas y sobreuso: tratar cuando no corresponde puede ser una forma de daño

Durante años se nos ha enseñado que más exámenes, más medicamentos y más intervenciones equivalen a mejor salud. Sin embargo, la evidencia actual muestra algo muy distinto: una parte importante de la medicina moderna está marcada por el sobreuso, es decir, prácticas médicas que no aportan beneficios reales, que no cambian el pronóstico o que incluso pueden generar daño.



El sobreuso ocurre cuando se solicitan exámenes innecesarios, se indican tratamientos “por si acaso”, se medicalizan procesos normales de la vida (como la menopausia) o se prescriben fármacos sin una indicación clara. No siempre nace de la mala intención; muchas veces surge del miedo, de la presión asistencial, de protocolos rígidos o de la expectativa del propio paciente de “salir con algo”.


Un ejemplo muy claro es el uso indiscriminado de exámenes de vitamina D. En varios países se observó un aumento explosivo de estos análisis en personas sanas, sin factores de riesgo claros. ¿El problema? En la mayoría de los casos el resultado no cambia ninguna conducta clínica, pero sí genera ansiedad, medicalización innecesaria y, en algunos casos, suplementación excesiva con riesgos reales. Cuando algunos sistemas de salud ajustaron los criterios y limitaron el examen solo a situaciones justificadas, los análisis disminuyeron drásticamente sin afectar la salud de la población.


El uso innecesario de antibióticos es probablemente uno de los ejemplos más conocidos de sobreuso. Infecciones virales respiratorias, sinusitis leves o procesos autolimitados siguen tratándose con antibióticos “para evitar complicaciones”, aunque sabemos que no funcionan en estos casos. El resultado no es solo falta de beneficio, sino aumento de resistencia bacteriana, alteraciones digestivas y efectos secundarios evitables.


Algo parecido ocurre con los exámenes cardiológicos o resonancias de columna en personas sin síntomas de alarma. Pruebas de esfuerzo en personas sanas o resonancias por dolores comunes suelen aparecer en las listas internacionales de prácticas que deberían evitarse. No porque la tecnología sea mala, sino porque usarla sin criterio genera diagnósticos que no cambian nada… salvo el nivel de preocupación de quien los recibe.


Todo esto se conecta con un fenómeno muy común en la medicina actual: el sobrediagnóstico. Un hallazgo pequeño, detectado por un examen que quizás no era necesario, puede iniciar una verdadera cascada de intervenciones: más estudios, biopsias, controles de por vida o incluso cirugías, en personas que nunca habrían desarrollado síntomas. El cuerpo pasa de estar sano a ser “paciente”, sin un beneficio proporcional.


¿Y por qué pasa esto? Muchas veces por miedo, por presión asistencial, por protocolos poco flexibles o por la idea cultural de que “si no me mandaron nada, no me atendieron bien”. También influye el marketing de la salud, que promete control absoluto y certezas donde muchas veces no las hay.


Desde una mirada integrativa y naturopática, esto nos invita a hacer una pausa. Preguntarnos si ese examen realmente aporta información útil, si ese tratamiento cambia el curso del proceso o si existen caminos menos invasivos. A veces cuidar no es sumar, sino acompañar, observar y darle espacio a la capacidad de autorregulación del cuerpo.


Más medicina no siempre es mejor medicina. Y aprender a distinguir cuándo intervenir y cuándo no hacerlo también es una forma profunda de cuidado.


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