Las caderas sí guardan emociones, pero no como te hicieron creer
- Tamara Aguayo

- 6 jul
- 3 min de lectura
Seguramente has escuchado alguna vez que las caderas guardan el dolor, el estrés y el trauma. En redes sociales estas ideas se han repetido tanto que muchas personas las consideran un hecho, sin embargo, cuando buscamos evidencia científica, la historia es bastante más interesante.

¿Las caderas pueden relacionarse con las emociones? Sí. ¿Guardan recuerdos o emociones específicas como si fueran una caja fuerte? No.
Entonces… ¿qué ocurre realmente?
Las emociones no ocurren solamente en la mente. Son experiencias que involucran al cerebro, al sistema nervioso autónomo, a las hormonas, a la respiración, al corazón y, por supuesto, a los músculos.
Cuando vivimos una situación de amenaza, nuestro organismo activa la respuesta de supervivencia. Dependiendo del contexto, puede prepararse para luchar, huir, quedarse inmóvil o incluso colapsar. Todas esas respuestas implican cambios musculares muy concretos. Y aquí es donde entran las caderas.
El papel de los músculos profundos de la cadera
Existe un grupo de músculos profundos que participan tanto en el movimiento como en la estabilidad del tronco y la pelvis. Entre ellos encontramos:
Psoas mayor.
Ilíaco.
Piriforme.
Obturador interno.
Obturador externo.
Gemelo superior.
Gemelo inferior.
Cuadrado femoral.
Glúteo medio.
Glúteo menor.
Aductores.

Muchos de estos músculos trabajan de manera refleja cuando el sistema nervioso percibe peligro. Por ejemplo, el complejo iliopsoas (formado por el psoas mayor y el ilíaco) participa en la flexión de la cadera, un movimiento fundamental para correr, proteger el abdomen, adoptar una posición fetal o prepararse para escapar.
Desde una perspectiva evolutiva, estos músculos forman parte del patrón motor de la supervivencia.
El psoas y la respuesta de lucha o huida
El psoas se ha convertido casi en una celebridad dentro del mundo del bienestar. A veces se le llama “el músculo del alma”, una expresión muy poética pero que no tiene mucho respaldo anatómico.
Lo que sí sabemos es que el psoas tiene una estrecha relación funcional con la zona lumbar, el diafragma, la pelvis y los movimientos necesarios para correr, protegernos y reaccionar rápidamente.
Cuando el sistema nervioso simpático se activa durante una situación estresante, aumenta el tono muscular general. Si esa activación se mantiene durante días, semanas o meses, algunos músculos pueden permanecer con un nivel de tensión mayor al habitual. El psoas suele ser uno de ellos, y no porque almacene emociones sino porque participa constantemente en los patrones motores asociados a la supervivencia.
Entonces… ¿por qué a veces lloramos al estirar las caderas?
Muchas personas cuentan que durante una clase de yoga o mientras realizan estiramientos profundos de la cadera aparecen ganas de llorar.
El llanto espontáneo no necesariamente significa que se estaban liberando los traumas almacenados en la pelvis, si no que, al disminuir la tensión muscular y sentir mayor seguridad corporal, el sistema nervioso puede pasar desde un estado de alerta hacia uno de mayor calma. Cuando eso ocurre, emociones que habían permanecido en segundo plano pueden hacerse conscientes.
También influye el contexto. Respirar lentamente, moverse con atención, disminuir las distracciones y dedicar tiempo a observar las sensaciones internas favorece que aparezcan emociones que normalmente mantenemos enterradas bajo una montaña de pendientes. No es que la emoción estuviera atrapada dentro del músculo, es que el estado fisiológico cambió lo suficiente como para permitir sentirla.
El cuerpo tiene memoria… pero no como solemos imaginar
El concepto de memoria corporal se puede prestar para malentendidos. Los músculos no almacenan recuerdos como un disco duro, pero lo que sí existe es aprendizaje motor.
El sistema nervioso aprende patrones, aprende posturas, aprende movimientos y aprende respuestas automáticas.
Después de meses viviendo bajo mucho estrés, es frecuente que una persona respire más superficialmente, apriete la mandíbula, eleve los hombros o mantenga las caderas con un mayor nivel de tensión. Esos patrones pueden mantenerse incluso cuando el peligro ya desapareció, no porque el músculo recuerde el evento, sino porque el sistema nervioso aprendió esa forma de responder.
Desde la perspectiva somática moderna, el objetivo no es vaciar emociones de las caderas, es ayudar al sistema nervioso a recuperar flexibilidad, y eso lo hacemos a través del movimiento, la respiración, el sueño reparador, l reducción del estrés crónico y la recuperación de la sensación de seguridad.
Cuando el sistema nervioso deja de vivir en modo supervivencia, el tono muscular también cambia, y muchas veces disminuyen el dolor, la rigidez y esa sensación de estar atrapadas en el propio cuerpo.
No hace falta atribuirle propiedades mágicas a los músculos para reconocer algo muy importante: nuestras emociones y nuestro cuerpo están profundamente conectados.
Las caderas sí pueden reflejar cómo estamos viviendo el estrés, pero no porque escondan tristeza, rabia o miedo entre sus fibras, sino porque forman parte de un organismo extraordinariamente inteligente que adapta continuamente su postura, su movimiento y su tensión para ayudarnos a sobrevivir.




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